Reflexiones desde Polonia sobre un mundo que se prepara para las guerras del futuro
Por Olinda Salguero
El reciente Foro Geopolítico organizado en Polonia por el Instituto Polaco de Asuntos Internacionales llevó un título tan provocador como revelador: “Preparándonos para las guerras del futuro”. Y quizá ahí radica una de las señales más claras del momento histórico que atraviesa la humanidad.
Porque cuando una de las discusiones geopolíticas más importantes de Europa gira en torno a las guerras del futuro, significa que el mundo percibe cada vez más, y no sin razón, que estamos entrando en una era de profunda incertidumbre global.
El nivel de las discusiones, la calidad de los paneles y la profundidad de los análisis dejaron algo muy claro: ya no estamos presenciando simplemente una competencia tradicional entre potencias, sino una transformación mucho más profunda del propio orden internacional.
Tuve el honor de participar como la única representante de Centroamérica en el Foro, una responsabilidad que asumí con humildad y gratitud. Particularmente porque uno de los aspectos más valiosos del encuentro fue su disposición a incluir perspectivas más allá de los centros tradicionales de poder.
Y eso importa.
Importa porque durante demasiado tiempo las grandes conversaciones globales han sido moldeadas principalmente desde Washington, Bruselas, Moscú o Pekín, mientras que regiones como América Latina, y especialmente Centroamérica, han sido vistas más como territorios de influencia que como actores capaces de aportar ideas propias al debate internacional.
Por eso aprecié profundamente que la perspectiva latinoamericana, representando a una parte importante del llamado Sur Global, fuera incluida en una conversación geopolítica de tan alto nivel.
Porque el mundo necesita nuevas experiencias históricas para navegar esta nueva era global.
Y quizá una de las señales más claras de que el propio sistema internacional está comenzando a cambiar es la creciente posibilidad de que el próximo Secretario General de las Naciones Unidas provenga de América Latina, e incluso que sea una mujer. Esa posibilidad es mucho más que simbólica. Refleja la realidad de que los centros tradicionales de poder también se están moviendo, adaptando y reconociendo lentamente la necesidad de nuevas experiencias históricas, nuevas perspectivas geopolíticas y nuevas formas de liderazgo en un mundo fragmentado.
En un momento en que el multilateralismo se encuentra debilitado, cuestionado y cada vez más desafiado desde múltiples direcciones, esto también podría representar una oportunidad importante para ayudar a reconstruir la confianza global en la cooperación internacional.
Y quizá uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo sea precisamente aprender a leer el momento histórico que estamos viviendo. A menudo escuchamos la frase de que quienes no conocen su historia están condenados a repetirla. Pero existe otra verdad igualmente importante: quienes no saben leer la historia mientras ocurre están condenados a sufrirla.
Eso es precisamente lo que hace tan importante esta transición geopolítica.
América Primero o Américas Primero
Fue en este contexto donde el concepto de “America First” apareció repetidamente a lo largo de las discusiones. Aunque suele interpretarse simplemente como un eslogan político estadounidense, en realidad refleja algo mucho más amplio: la creciente tendencia de las naciones a replegarse sobre sí mismas.
Personalmente, debo admitir que encuentro mucho más atractivo el concepto cuando se entiende en plural: “Américas Primero”.
No una América aislada del resto del mundo, sino unas Américas conscientes de su potencial colectivo, de su diversidad y de su capacidad para construir juntas.
Porque el verdadero problema no es que las naciones defiendan sus intereses nacionales. Todas las potencias lo hacen.
El problema comienza cuando el mundo entero empieza a organizarse bajo una lógica de “Estados Unidos Primero”, “China Primero”, “Europa Primero” o “India Primero”, donde cada bloque busca únicamente maximizar sus intereses estratégicos inmediatos mientras la cooperación global se debilita progresivamente.
Y esa es precisamente una de las grandes tensiones de nuestro tiempo.
La historia demuestra que los mayores logros de la humanidad han surgido cuando hemos sido capaces de cooperar más allá de nuestras diferencias. Desde la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial hasta los acuerdos multilaterales, los avances científicos, la exploración espacial y la lucha contra las pandemias globales, el progreso humano siempre ha dependido más de la cooperación que del aislamiento.
Y América Latina también tiene lecciones propias que ofrecer al mundo.
El proceso de paz centroamericano impulsado por los Acuerdos de Paz de Esquipulas demostró que incluso en medio de la Guerra Fría, cuando nuestra región se había convertido en escenario de confrontaciones ideológicas globales, era posible optar por el diálogo, la negociación política y la integración regional en lugar del conflicto permanente.
Centroamérica comprendió entonces algo que sigue siendo profundamente relevante hoy: ningún conflicto puede resolverse de manera sostenible únicamente mediante la lógica militar, y la estabilidad duradera solo puede construirse cuando la paz está acompañada de democracia, desarrollo y oportunidades para las personas.
Esa lección sigue vigente.
Con demasiada frecuencia, Centroamérica continúa siendo observada principalmente a través de los lentes de la migración, el narcotráfico o los desafíos de seguridad. Sin embargo, esta región también representa uno de los territorios más estratégicamente importantes del hemisferio occidental.
Centroamérica se encuentra en el corazón geográfico de las Américas, conectando América del Norte y América del Sur, mientras une simultáneamente los océanos Atlántico y Pacífico. Controla algunas de las rutas marítimas más estratégicas del mundo, se ubica cerca del mayor mercado consumidor del planeta y posee un enorme potencial aún no aprovechado en logística, energías renovables, manufactura, servicios digitales, biodiversidad e integración comercial regional.
Pero quizás una de sus mayores ventajas estratégicas sea su bono demográfico.
En un momento en que muchas sociedades desarrolladas envejecen rápidamente, Centroamérica sigue siendo una región joven. Millones de jóvenes representan no una carga, sino un extraordinario activo estratégico, siempre que la región sea capaz de transformar esa energía demográfica en educación, innovación, emprendimiento y oportunidades.
Por eso el verdadero debate sobre la migración no puede reducirse únicamente a las fronteras o la seguridad. La verdadera pregunta es si la región será capaz de convertir su bono demográfico en un bono de desarrollo.
Y quizás esa sea precisamente una de las razones por las que estamos observando un renovado interés estratégico de Estados Unidos hacia el hemisferio occidental.
Durante años, muchos de los espacios políticos, económicos e incluso simbólicos que Europa y Estados Unidos dejaron desatendidos en América Latina comenzaron a ser ocupados por otras potencias, particularmente China.
Lo que estamos presenciando ahora es el regreso de la competencia geopolítica a las Américas.
Pero esto no es simplemente un retorno a la histórica Doctrina Monroe.
Lo que estamos empezando a ver es algo más complejo, lo que podría describirse como una Doctrina DONROE.
No simplemente “América para los americanos”, sino un recálculo estratégico moldeado por las realidades del siglo XXI: el nearshoring, las cadenas de suministro, la competencia tecnológica, las presiones migratorias, los minerales críticos, la seguridad energética, la inteligencia artificial y la creciente influencia de China en todo el hemisferio.
En muchos sentidos, DONROE refleja la renovada comprensión de Washington de que el hemisferio occidental vuelve a ser profundamente relevante en la competencia global por el poder.
Ya no se trata únicamente de ideología.
Se trata de quién construye la infraestructura, quién controla los puertos, quién financia los ecosistemas digitales, quién asegura los corredores comerciales, quién influye en los sistemas energéticos y, en última instancia, quién configura la arquitectura futura de las Américas.
Y por eso la reciente visita de Estado de Donald Trump a China tuvo una importancia que va mucho más allá de la diplomacia.
En muchos sentidos refleja una de las realidades geopolíticas centrales de nuestra época: la creciente rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, frecuentemente descrita a través de la llamada Trampa de Tucídides, la tendencia histórica hacia la confrontación cuando una potencia emergente desafía a una potencia establecida.
El desafío para la humanidad es garantizar que esta rivalidad no se convierta en un conflicto inevitable.
Porque la historia también nos enseña que los momentos de transición geopolítica suelen ser los momentos en que los errores de cálculo se vuelven más peligrosos.
Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes sobre Trump.
Trump no es la causa. Trump es el síntoma.
El síntoma de sociedades agotadas por la desigualdad, por la creciente desconexión entre élites y ciudadanos, por los efectos mal gestionados de la globalización y por una profunda incertidumbre respecto al futuro.
Pero este fenómeno no ocurre únicamente en Estados Unidos.
Se está desarrollando en múltiples regiones del mundo.
La geopolítica del amor
Por eso el debate de fondo no es únicamente geopolítico.
También es profundamente humano.
Y quizá por eso debemos comenzar a hablar más abiertamente de algo que puede sonar inusual en un foro titulado “Preparándonos para las guerras del futuro”, pero que podría convertirse en una de las ideas más estratégicas de nuestro tiempo: la Geopolítica del Amor.
No como idealismo ingenuo ni romanticismo vacío, sino como el reconocimiento de que la humanidad avanza cuando se comprende a sí misma como interconectada.
Los mayores logros de la civilización no han surgido del aislamiento, sino de la cooperación.
Después del horror de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad comprendió que la confrontación permanente no podía ser el principio organizador del sistema internacional.
De aquella devastación surgió uno de los esfuerzos colectivos más ambiciosos de la historia humana: el sistema multilateral.
Sí, el multilateralismo claramente no atraviesa hoy su mejor momento.
Es imperfecto, burocrático y con frecuencia desesperadamente lento.
Pero sigue siendo una de las mejores construcciones colectivas que la humanidad ha creado.
Porque en esencia representa una idea civilizatoria: la convicción de que el diálogo es preferible a la guerra, la cooperación preferible a la destrucción y la responsabilidad compartida preferible al colapso colectivo.
Ese principio sigue siendo profundamente relevante en una era marcada por riesgos nucleares, cambio climático, inteligencia artificial, migraciones forzadas y fragmentación geopolítica.
La Geopolítica del Amor comienza precisamente ahí: en comprender que ninguna nación puede prosperar de manera sostenible en un mundo que colapsa a su alrededor.
Significa reconocer que todos pertenecemos a una sola familia humana bajo Dios. Que nuestras economías están interconectadas. Que las crisis climáticas son globales. Que las guerras generan consecuencias planetarias. Y que la migración, la pobreza, la polarización e incluso las disrupciones tecnológicas no pueden resolverse mediante un egoísmo nacional permanente.
El amor, en términos geopolíticos, no es debilidad.
Es la comprensión estratégica de que la cooperación ya no es opcional para la supervivencia de la humanidad.
Porque la humanidad no avanzará únicamente a través de la dominación, sino mediante nuestra capacidad de cooperar.
Quizá el futuro no pertenezca a quienes simplemente dicen “Primero”.
Quizá el futuro pertenezca a quienes entienden que nadie llega realmente lejos en solitario.







