La riqueza cultural de Guatemala y Centroamérica: más que identidad, una economía viva

Cuando se habla de economía, la imaginación colectiva suele remitirse de inmediato a sectores tradicionales como la industria, la energía, la bolsa de valores o el comercio internacional. Son esos los espacios comúnmente reconocidos por su rentabilidad, aunque muchas veces lo hagan a costa de la devastación ambiental o la concentración de capital en pocas manos. Sin embargo, hay un motor de desarrollo profundamente arraigado en los territorios de Centroamérica y el Caribe que rara vez recibe el reconocimiento que merece: la cultura.

Durante décadas, la cultura ha sido vista como un adorno, una expresión simbólica sin mayor incidencia en las transformaciones estructurales de nuestros países. Se le ha relegado a una categoría decorativa, fugaz o identitaria, sin mayor peso económico. Pero esa percepción no solo es injusta, sino profundamente errada.

La región centroamericana y caribeña es uno de los territorios más diversos culturalmente del planeta. Con una riqueza inmensa de pueblos originarios y grupos étnicos, lenguas, cosmovisiones, expresiones artísticas, narrativas orales, textiles, formas de habitar y producir, la cultura representa un ecosistema vivo y multicolor que sostiene, en muchos casos, la economía cotidiana de miles de personas. Lo que para algunos es solo una artesanía, para otros es una forma de vida; lo que unos miran como una postal turística, para comunidades enteras representa una forma digna de subsistir, de transmitir saberes, de resistir y de crear.

La economía cultural —también llamada economía naranja o industrias creativas— no es una promesa futura, sino una realidad presente. En América Latina, esta economía genera cerca de 124 mil millones de dólares anuales y emplea a más de 1.9 millones de personas, según datos del BID y la UNESCO. Este sector incluye no solo lo que tradicionalmente se asocia con arte —como la música, la danza, la pintura o la literatura—, sino también otras actividades intensivas en creatividad, como el diseño, el cine, los videojuegos, la moda, la gastronomía, la arquitectura, las artes visuales, la tecnología interactiva y el turismo cultural y sostenible.

Estos sectores no solo aportan valor económico, sino que son clave para el fortalecimiento de la identidad, la cohesión social, la resiliencia comunitaria, así como para la disminución de fenómenos como la violencia o la migración forzada. ¿Por qué, entonces, siguen estando ausentes en los grandes debates económicos y de política pública?

La respuesta está, en parte, en la falta de visión estratégica de los Estados. Mientras otros sectores cuentan con políticas de incentivo, financiamiento estructurado y mecanismos de crecimiento, la cultura muchas veces queda al margen de los presupuestos y de las prioridades de desarrollo. La mayoría de países de la región carece de una política cultural integral, con enfoque territorial, inclusivo e interseccional, que reconozca el poder transformador de la cultura como herramienta para el bienestar.

En este contexto, resulta urgente repensar el modelo económico desde una lógica más humana, sostenible y creativa. La cultura no puede seguir siendo vista como un lujo o como un accesorio del desarrollo, sino como una palanca estratégica para dinamizar economías locales, generar empleo digno, reducir brechas y transformar el tejido social.

Invertir en cultura no es un gasto: es una apuesta por el desarrollo humano. Es reconocer que detrás de cada obra, de cada feria, de cada grupo de danza o teatro comunitario, hay talento, innovación, trabajo y comunidad. La cultura tiene el poder de vincularnos con nuestra historia, proyectarnos hacia el futuro y construir economías más justas y resilientes.

Centroamérica y el Caribe tienen mucho más que aportar al mundo que solo materias primas o mano de obra barata. Tienen voces, lenguajes, ritmos, tejidos, saberes y colores que pueden ser la base de un nuevo modelo económico centrado en las personas y en la vida.

Por eso, más que una deuda histórica, la cultura es una oportunidad urgente. Si no se la financia, si no se la apoya y no se la entiende como una política de desarrollo, seguirá brillando, pero sin transformar. Y eso sería, sin duda, un desperdicio de nuestro mayor potencial.

Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente al/la autor/a y no reflejan necesariamente la postura de la Misión Presidencial Latinoamericana y del Caribe, ni de la Fundación Esquipulas para la paz, la democracia, el desarrollo y la integración, ni de la Global Peace Foundation Centroamérica, organizaciones que conforman el Ecosistema para la transformación social, construyendo una región de oportunidades.